Extracto de LA PLAZA DEL DIAMANTE de Mercè Rodoreda
14
El olor a carne, a pescado, a flores y verduras se mezclaba, y aunque no hubiese tenido ojos me habría dado cuenta en seguida de que me acercaba al mercado. Salía de mi calle, y cruzaba la calle Mayor, con tranvías arriba y abajo, amarillos, con campanilla. El conductor y el cobrador llevaban uniformes rayados con rayas finas y que en conjunto parecían grises. El sol venia todo entero del lado del Paseo de Gracia y, ¡plaf!, por entre las filas de casas caía encima del empedrado, encima de la gente, encima de las losas de los balcones. Los barrenderos barrían, despacio, con grandes escobas de ramitas de brezo, como si estuviesen hechos de pasta encantada: barrían las cunetas y las regueras. Y me iba metiendo en el olor del mercado y en los gritos del mercado para acabar dentro de los empujones, en un río espeso de mujeres y de cestos. Mi mejillonera, con manguitos azules y delantal con pechera, llenaba medidas y más medidas de mejillones y almejas, ya lavados con agua dulce pero que todavía tenían encerrado dentro, y lo esparcían, olor de mar. El pasadizo de las triperas, olía a muerto. Los despojos de los animales sangraban encima de las hojas de col: los pies de cordero, las cabezas de cordero con el ojo de cristal, los corazones partidos, con un canal en medio atascado por un cuajarón negro... De los ganchos colgaban los hígados húmedos y las tripas hervidas y las cabezas de ternera hervidas y todas las triperas tenían la cara blanca, de cera, de tanto estar cerca de aquellos manjares sin gusto, de tanto soplar las asaduras de color de rosa, vueltas de espalda a la gente como si hiciesen un pecado... Mi pescadera, con dientes de oro y riéndose, pesaba palangres y en cada escama estaba, tan pequeña que casi no se veía, la bopmbilla que colgaba encima del cesto del pescado. Los mújoles, los milanos, las lubinas, las escorpinas de cabeza gorda que parecían acabadas de pintar con sus espinas en lña raya del lomo como los pinchos de una gran flor... todo salía de aquellas oleadas que a mí me dejaban vacía cuando me ponía delante, a coletazos y con los ojos fuera de la cabeza. Las escarolas me las guardaba mi verdulera, vieja, delgada y siempre de negro, que tenía dos hijos que le cuidaban el huerto...
Y todo iba así, con pequeños quebraderos de cabeza, hasta que vino la república y el Quimet se entusiasmó y andaba por las calles gritando y haciendo ondear una bandera que nunca pude saber de dónde la había sacado. Todavía me acuerdo de aquel aire fresco, un aire, cada vez que me acuerdo, que no lo he podido sentir nunca más. Mezclado con olor de hoja tierna y con olor de capullo, una aire que se marchó y todos los que después vinieron no fuweron como el aire aquel de aquel día que hizo un corte en mi vida, porque fue en abril y con flores cerradas cuando mis quebraderos de cabeza pequeños se volvieron quebraderos de cabeza grandes.
-Han tenido que hacer las maletas... y, con las maletas, ¡fuera!... –decía el Cintet, y decía que el rey dormía cada noche con tres artistas diferentes y que la reina, para salir a la calle, se ponía cara postiza. Y el Quimet decía que todavía no se sabía todo.
El Cintet y el Mateu venían a menudo y el Mateu cada día estaba más enamorado de la Griselda y decía, cuando estoy con la Griselda se me encoge el corazón... y el Quimet y el Cintet le decían que estaba malo de la cabeza porque el amor le debilitaba y él venga a hablar de su Griselda y era verdad que no sabía hablar de nada más y se iba volviendo como tonto con lo que yo lo apreciaba. Y decía que el primer día de casado el que no se podía aguantar de emoción había sido él porque decía que los hombres son más sensibles que las mujeres y que por poco se desmaya en el momento de quedarse solos. Y el Quimet, columpiándose un poco su silla, se reía por debajo de la nariz y él y el Cintet le aconsejaban que hiciese un poco de deporte porque con el cuerpo cansado la cabeza no le trabajaría tanto, porque si se pasaba los días pensando en la misma cosa, acabaría dentro de una camisa con las mangas muy largas, atadas a la espalda con un nudo de marinero.
El olor a carne, a pescado, a flores y verduras se mezclaba, y aunque no hubiese tenido ojos me habría dado cuenta en seguida de que me acercaba al mercado. Salía de mi calle, y cruzaba la calle Mayor, con tranvías arriba y abajo, amarillos, con campanilla. El conductor y el cobrador llevaban uniformes rayados con rayas finas y que en conjunto parecían grises. El sol venia todo entero del lado del Paseo de Gracia y, ¡plaf!, por entre las filas de casas caía encima del empedrado, encima de la gente, encima de las losas de los balcones. Los barrenderos barrían, despacio, con grandes escobas de ramitas de brezo, como si estuviesen hechos de pasta encantada: barrían las cunetas y las regueras. Y me iba metiendo en el olor del mercado y en los gritos del mercado para acabar dentro de los empujones, en un río espeso de mujeres y de cestos. Mi mejillonera, con manguitos azules y delantal con pechera, llenaba medidas y más medidas de mejillones y almejas, ya lavados con agua dulce pero que todavía tenían encerrado dentro, y lo esparcían, olor de mar. El pasadizo de las triperas, olía a muerto. Los despojos de los animales sangraban encima de las hojas de col: los pies de cordero, las cabezas de cordero con el ojo de cristal, los corazones partidos, con un canal en medio atascado por un cuajarón negro... De los ganchos colgaban los hígados húmedos y las tripas hervidas y las cabezas de ternera hervidas y todas las triperas tenían la cara blanca, de cera, de tanto estar cerca de aquellos manjares sin gusto, de tanto soplar las asaduras de color de rosa, vueltas de espalda a la gente como si hiciesen un pecado... Mi pescadera, con dientes de oro y riéndose, pesaba palangres y en cada escama estaba, tan pequeña que casi no se veía, la bopmbilla que colgaba encima del cesto del pescado. Los mújoles, los milanos, las lubinas, las escorpinas de cabeza gorda que parecían acabadas de pintar con sus espinas en lña raya del lomo como los pinchos de una gran flor... todo salía de aquellas oleadas que a mí me dejaban vacía cuando me ponía delante, a coletazos y con los ojos fuera de la cabeza. Las escarolas me las guardaba mi verdulera, vieja, delgada y siempre de negro, que tenía dos hijos que le cuidaban el huerto...
Y todo iba así, con pequeños quebraderos de cabeza, hasta que vino la república y el Quimet se entusiasmó y andaba por las calles gritando y haciendo ondear una bandera que nunca pude saber de dónde la había sacado. Todavía me acuerdo de aquel aire fresco, un aire, cada vez que me acuerdo, que no lo he podido sentir nunca más. Mezclado con olor de hoja tierna y con olor de capullo, una aire que se marchó y todos los que después vinieron no fuweron como el aire aquel de aquel día que hizo un corte en mi vida, porque fue en abril y con flores cerradas cuando mis quebraderos de cabeza pequeños se volvieron quebraderos de cabeza grandes.
-Han tenido que hacer las maletas... y, con las maletas, ¡fuera!... –decía el Cintet, y decía que el rey dormía cada noche con tres artistas diferentes y que la reina, para salir a la calle, se ponía cara postiza. Y el Quimet decía que todavía no se sabía todo.
El Cintet y el Mateu venían a menudo y el Mateu cada día estaba más enamorado de la Griselda y decía, cuando estoy con la Griselda se me encoge el corazón... y el Quimet y el Cintet le decían que estaba malo de la cabeza porque el amor le debilitaba y él venga a hablar de su Griselda y era verdad que no sabía hablar de nada más y se iba volviendo como tonto con lo que yo lo apreciaba. Y decía que el primer día de casado el que no se podía aguantar de emoción había sido él porque decía que los hombres son más sensibles que las mujeres y que por poco se desmaya en el momento de quedarse solos. Y el Quimet, columpiándose un poco su silla, se reía por debajo de la nariz y él y el Cintet le aconsejaban que hiciese un poco de deporte porque con el cuerpo cansado la cabeza no le trabajaría tanto, porque si se pasaba los días pensando en la misma cosa, acabaría dentro de una camisa con las mangas muy largas, atadas a la espalda con un nudo de marinero.

2 Comments:
Lo dicho, Miguelito. Eres un pedazo de sibarita-esteta-fino. Si conoces y te gusta esta peli, perteneciendo a la generación que perteneces, no tienes otro nombre.
Me sorprendes siempre.
Menkanta.
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